sábado, 4 de agosto de 2018

Concienciando sobre conciencia


Carlos, tú dices que encarar el problema de la conciencia es como intentar domar un toro por los cuernos. Pero tal vez ese problema no tenga cuernos... Y quizás ni sea un problema.

Con estas palabras mi amigo César Giraldo me alertaba sobre la dificultad que tendría al escribir un texto sobre el tema de la conciencia, pues al discernir sobre este tópico encontramos abordajes en la filosofía, en la sicología, en la neurociencia, en la matemática, en la biología, en la química y en la física. Por ejemplo, Descartes pone foco en la discusión de la dualidad mente-cuerpo, mientras los físicos cuánticos la colocan en sus fórmulas llenas de retazos de probabilidades, esas formulaciones que explican los chances de encontrarnos con una persona honesta en el camino.
        Una pregunta que surge es su localidad, ¿en dónde reside la conciencia? ¿En nuestro cuerpo? Específicamente, ¿en nuestro sistema nervioso? O más detalladamente, ¿en nuestro cerebro?
            Si la respuesta nos lleva a nuestra cabeza, podemos decir que un cerebro adulto contiene alrededor de 100 mil millones de neuronas. Una sola neurona puede unirse a otras 100 mil neuronas a través de axones (cables de salida) y dendritas (cables de entrada) usando las sinapsis (conexiones entre los axones y las dendritas). Si hacemos girar los números encontraremos que un cerebro humano típico tiene cuatrillones de conexiones entre sus neuronas. Y un cuatrillón es uno seguido de 15 ceros, y esto nos lleva a números sólo corriqueros en la cosmología moderna.
        Además de la complejidad, las conexiones sinápticas se forman, se refuerzan, se debilitan y se disuelven constantemente. Las viejas neuronas mueren y nacen otras nuevas, como lo demuestran investigaciones recientes.
        Las neuronas muestran una asombrosa variedad de formas y funciones. Los investigadores han descubierto decenas de tipos distintos sólo en nuestro sistema óptico. Los neurotransmisores, que llevan señales a través de la sinapsis entre las neuronas, también vienen en muchas variedades diferentes. Además de los neurotransmisores, los factores de crecimiento neuronal, las hormonas y otras sustancias químicas fluyen y atraviesan el cerebro, modulando la cognición de manera profunda y sutil. O sea, por lo que sabemos en nuestro cerebro existen fenómenos hormonales, físico-químicos y eléctricos, lo que muestra que estamos pisando terrenos intrincados.
        Si la información transita por las sinapsis de nuestras neuronas, obviamente sospechamos que existen códigos de comunicación para llevar y traer la información, como un buen ingeniero lo esperaría. Sin embargo los códigos neuronales parecen variar en diferentes especies, e incluso en diferentes modos sensoriales dentro de la misma especie. «El código para la audición no es el mismo que el del olfato», explica Koch Shares Singer (neucientífico de la universidad de Caltech), en parte porque los fonemas que componen las palabras cambian en una fracción de segundo, mientras que los olores andan más lentos.
        Las invetigaciones sobre prótesis neuronales sugieren que los cerebros diseñan nuevos códigos en respuesta a nuevas experiencias. «No puede haber un principio universal que gobierne el procesamiento de la información neuronal», como lo dice Singer; lo que confirma que los cerebros son increíblemente adaptables y pueden extraer toda la información posible, por la invención de nuevas codificaciones según sea necesario, e indefinidamente.
        Así, la conciencia no es fácil de definir. El psicólogo William James la describió de manera sucinta como «atención más memoria, a corto plazo». Es lo que usted posee en este momento, mientras lee este texto, y lo que le falta cuando está dormido y entre sueños, o bajo anestesia. Parece ser que nadie sabe exactamente qué es la conciencia. Presionados por una definición concisa, podríamos llamarla poéticamente de «vida interior inefable y enigmática de la mente». Pero eso apenas captura el torbellino de pensamientos y sensaciones que florecen cuando vemos a un ser querido después de una larga ausencia, un rostro de una bella mujer, o escuchamos un nostálgico solo de violín, o saboreamos una comida exquisita, o cuando estamos en silencio. Lo cierto es que a pesar de que las mejores mentes de la humanidad han tratado sobre el asunto, no podemos decir con certeza si se trata de un fenómeno intangible o tal vez incluso un tipo de sustancia diferente de la materia, como algunos lo sugieren; y aquí recordamos el tema de la materia y de la energía oscura, tan habladas por los astrofísicos.
        Sospechamos que surge en el cerebro, sin saberse en que lugar del mismo emerge, pero posiblemente todo el sistema nervioso de nuestro cuerpo está envuelto en la experiencia de concienciar. Ni siquiera sabemos si requiere células cerebrales (neuronas) especializadas  o algún tipo de disposición conectiva especial entre ellas.
        En su estructura macroscópica sabemos que abarca la inteligencia, se nutre de los sentidos y de las sensaciones producidas por el procesamiento que el cerebro hace sobre las informaciones sensoriales. Se surte de la memoria y se realimenta a sí misma, tal como una función matemática recursiva, aquella que se llama a sí misma, en una forma circular, como un ritornelo; lo que posibilita que alguien diga algo como «yo sé que sé», o «sé que existo». Pero este tipo de afirmaciones no necesariamente envuelve razonamientos intelectuales o lógicos, pues hasta el hombre más ignorante podría decir algo como «siento que existo», o «siento que siento».
        En su infraestructura cerebral y nerviosa sabemos que las sinapsis ocurren según las circunstancias y necesidades, formando conexiones cargadas de aleatoriedad, sin ninguna organización plausible, lo que haría morir de envidia al anarquista más convicto. Del punto de vista de la ingeniería está contra todo lo recomendado en manuales de construcción de sistemas, en todas las áreas. En estas circunstancias, si tuviéramos una teoría matemática sobre el asunto ésta tal vez estaría cargada de enormes formulaciones de probabilidad, tal como en la física cuántica.
        Freud solo trató de este tema al comienzo de su carrera, dejándonos su asombro por la complejidad. Pero posteriormente tocó, sin querer, el asunto cuando dijo que la «realidad era algo que se podía perder», tal como ocurre en patologías como la esquizofrenia. En esta dirección, sabemos que la conciencia es perdida cuando dormimos, y en otras circunstancias. Adicionalmente, el padre del psicoanálisis se centró en un tema naturalmente complementar, por lo menos en su localidad (el inconsciente). Así, sabemos que informaciones pueden permanecer inconscientes, y si son perturbadoras pueden generar patologías, que suelen ser difíciles de curar. De esta manera ligar la conciencia con cualquier teoría matemática de la información resulta ser, en principio, desalentador.
        Un punto importante es determinar si existen grados de conciencia, lo que nos llevaría a pensar que la «conciencia» puede ser incrementada (o decrementada), sobre ciertas circunstancias. Algunos teóricos nos alertan sobre la relación de la conciencia con un término generalmente denominado de «capacidad o nivel de integración». De esta manera, si una persona incrementa sus percepciones en la experiencia consensual estaría en un nivel de conciencia mayor. Ciertamente no sabemos cómo este fenómeno trabajaría a nivel celular, en las sinapsis o en sus correspondientes fenómenos físico-químicos.
        Pero volviendo el tema freudiano de la realidad, podemos ahora discursar sobre la objetividad y subjetividad. O sea, discernir si existe una realidad objetiva y una realidad subjetiva. Sobre la existencia de una realidad objetiva Einstein decía ser su credo, cuando fue interpelado por el poeta Rabindranath Tagore. Pero si nos sumergimos un poco en el proceso de producción artística podemos verificar una indiferenciación entre los dos conceptos: un artista no hace diferencia entre la objetividad y subjetividad, pues en su producción existe contenido tanto de su propia experiencia de existir como de las experiencias sensoriales, capturadas y procesadas en instante específico (supuestamente de la realidad objetiva).
        Así, podemos incluir en nuestra discusión sobre la conciencia una percepción integradora, que lleva a abarcar simultáneamente lo objetivo y lo subjetivo. Por lo tanto, existe una conectividad intrínseca en el proceso de concienciar, indispensable en las artes, y específicamente en la poesía, en donde el mar de pausas y silencios sustenta la palabra, con una fuerza proporcional a su contenido; tal vez cuantificable por la cantidad de información definida en la teoría matemática de la información de Claude Shannon. Y esto último podría ser descrito como el «principio de Arquimedes de la poesía».
        Con estas disquisiciones en pie tendríamos que pagar algo, o ceder en algo, aparentemente cargado de obviedad. Pues si la conciencia está sobrecargada por un proceso de integración, su localidad en el cerebro, tal como nos lo afirman los neurocientíficos, podría estar en jaque. Y es aquí en donde podemos sugerir caminos posibles, por ejemplo el de aprovechar tópicos de la física cuántica, o temas inconclusos de la física moderna, tal como la existencia de otros tipos de materia o de energía, que no son observables, sino previstos porque las cuentas matemáticas no cierran totalmente, en las observaciones hechas por los astrónomos.
        Y ahora nos sobra la famosa frase marxista: «no es la conciencia la que determina la vida, es la vida la que determina la conciencia». Obviamente esta frase está agarrada naturalmente al materialismo histórico, mas su significado nominal flaquea a la luz de la propia dialéctica, tal como me lo sugirió alguna vez mi amigo Jorge Perlaza, en una reunión en Sao Paulo. Pues no podemos separar naturalmente vida y conciencia, y la jerarquía de una sobre la otra puede caer fácilmente en el problema del huevo y la gallina. Y si no, preguntemos a los físicos cuánticos, que no consiguen hacer sus formulaciones  sin incluir en ellas un observador, sin tocar sutilmente el trazo de la conciencia.
        Y como me lo hacía observar mi amigo César Giraldo, tal vez no sepamos donde están los cuernos de este asunto, o tal vez estén tan separados que nuestras manos no los puedan agarrar simultaneamente. Y si no es un problema que pueda ser abordado, sin duda está  presente en la solución del resto de los problemas.
        Obviamente existen otros tópicos a contemplar en una discusión de esta envergadura; por ejemplo si la conciencia está necesariamente ligada (o no) a la palabra, al lenguaje. Si lo fuera, estaría limitada por la barrera de Wittgenstein: «sobre aquello que no podemos hablar debemos callarnos». Y aquí podemos verificar que gran parte de las actividades en las artes plásticas son carentes en contenidos lingüísticos; y lo mismo ocurre en la música. Esto puede alertarnos de que la conciencia abarca lo que puede ser discutido y lo que debe permanecer callado. Lo que nos llevaría a terrenos de la psicología profunda: la conciencia podría englobar (sorprendentemente), mediante su dinámica integradora, la vigilia, el soñar y el sueño profundo, y estaría vinculada al problema de la identidad; tal como lo afirmaba el yogui Ramana Maharishi, en una pequeña villa al sur de la India, y que llegó a influenciar en su época a personajes como Herman Hesse y Karl G. Jung.


martes, 26 de diciembre de 2017

Información y Textos

Escribo estas páginas de espuma
No para el hombre orgulloso
Que se aparta de la luna enfurecida
Ni para los muertos de alta estirpe
Con sus salmos y ruiseñores,
Mas  para los amantes, sus brazos
Que abrazan  dolores de los siglos,
Que no me pagan ni me elogian
E ignoran mi oficio o mi arte.

(Dylan Thomas)


(A la memoria de mi caro amigo Carlos E. Martínez,
colega del curso de lógica digital)

Cierta vez le comentaba a César Giraldo sobre el surgimiento de las teoría de la información, a partir de los trabajos de Claude E. Shannon y Warren Weaver, y que quedó sedimentada al comienzo de  los años 50. Realmente los conceptos matemáticos sobre lo que es información fueron planteados originalmente por Shannon en un artículo publicado en 1948. Claude Shannon era un matemático que tuvo la originalidad de estudiar ingeniería eléctrica. Cuando hizo su maestría decidió aplicar la lógica de Boole (que ya conocía como matemático) para sistematizar el diseño de sistemas de conmutación, aquellos basados en relés: esos sistemas que se abren y se cierran (tal como los interruptores para la luz), que sólo tienen un sí o un no para decirnos,  que permiten abrir o cerrar las puertas de nuestras casas,  sin estados intermediarios. Al hacer esta proeza inventó la lógica digital, que es la base de los computadores, de la WEB, de las ciberculturas, y tal vez del gatillo que suscitaría el fin de la literatura.

Con estos resultados de Shannon quedó claro el concepto de codificación: podemos representar un conjunto de símbolos en forma de números binarios, conjuntos de ceros y unos (por ejemplo: 1011011). Lo que nos permite codificar las letras (y por tanto los nombres) de cualquier cosa como cadenas binarias, códigos definidos a priori por matemáticos y científicos de la computación. 

Si el esperanto fue inventado por un oftalmólogo polaco (Ludwik Zamenhof), el lenguaje digital fue escrito secretamente por científicos, funcionando muy bien en el background del mundo de la informática. En este sentido el sueño de Zamenhof, de consagrar un idioma universal, fue plasmado en el mundo digital, casi de forma anónima,  y sólo sabiamente entendido por informáticos y  máquinas computadoras.

La idea fundamental de Shannon fue concebir que mensajes podrían transportar mayor o menor grado de información, igual que los camiones cuando llevan sus cargas de una ciudad para otra (aquí hablaríamos de emisores y receptores de los mensajes). Los mensajes serían los vehículos con sus cargas, que tendrían un mayor o menor valor.

Es curioso que en una teoría matematizada de la información el término de "valor" aparece de manera intrínseca: un mensaje es más valioso tanto cuanto  menos probable sea su emisión por una fuente. Poemas tienen más valor que los chismes en una reunión de comadres, pues son más raros de acontecer  que cualquier bochinche.

En la teoría de Shannon existe un emisor, un canal y un receptor para cada mensaje. Sin embargo alguna cosa parece suelta, pues la cadena de dígitos binarios que codifica los símbolos del mensaje sirve tanto como vehículo y contenido, al mismo tiempo. O sea, la digitalización es el medio, y la virtualización, de nuestra  visión del mundo,  sería el mensaje para nuestros tiempos. Y aquí la máxima de McLuhan viene a la superficie  de manera intrigante: “el medio es el mensaje”.

En este sentido, el noble Shannon dio su paso fundamental: unió la teoría de la probabilidad, inventada por Laplace (el primer prototipo del científico moderno) con el mundo de la información. Y así los mensajes eran para Shannon símbolos codificados en lenguaje digital, algunos con más valor que otros, dependiendo de la probabilidad de ser lanzados para un canal de comunicación.

Y así el mundo digital inventado por Shannon permite ahora (y cada vez más) almacenar cantidades inimaginables de información, con las invenciones de la industria de la microelectrónica, consiguiendo recopilar fácilmente informaciones en el orden de los terabytes o petabytes (números monstruosos); lo que ha permitido eliminar la necesidad de separar la paja del trigo. La memoria digital, la nube, la WEB lo comportan todo, lo banal y lo trascendente,  y por lo tanto el trabajo de discernir se hace cada vez menos estimulante. 

Y aquí vendría la sospecha de César Giraldo: en el mundo pre-digital la memoria era escasa y la literatura se hizo necesaria (oral o escrita), como medio de preservación de la cultura. Los mensajes  más valiosos, y por lo tanto menos probables, fueron separados y resguardados por los críticos de cada época, para preservar la humanidad. Y la calidad del texto estaba ligada directamente al valor de la sobrevivencia cultural. Y la relación entre la estética y lo sagrado era apurada. Y aquí la crítica tenía una labor más noble que en los días de hoy, pues preservar lo humano, como tal, es mucho más importante que resguardar la industria editorial contemporánea.

Un punto importante en la teoría de Shannon es que el tamaño de cada mensaje depende de cómo cada símbolo es codificado. Si queremos que un mensaje sea transmitido de manera eficiente tendremos que asegurar que su tamaño sea el más mínimo posible. Así los ingenieros codifican cada símbolo dependiendo de su probabilidad. Por ejemplo, la letra “a” es un símbolo con una alta probabilidad de aparecer en cualquier texto (en la mayor parte de las lenguas indoeuropeas), y así, para ser económicos, lo mejor sería  darle un código con pocos bits. Y así en los símbolos (y también mensajes) con alto valor (y menor chanche de aparecer) podremos extendernos en su codificación.  Y esto es la base de las técnicas de compresión y compactación de información usadas en la ciencia de la computación.

Esta relación entre mensaje, código y texto (y por lo tanto literatura) es bastante rica y merece ser explorada. Nuestro proprio cerebro genera, codifica e recibe mensajes, con procesos cada vez más conocidos por los neurocientíficos, con un mecanismo bien sofisticado de memoria, y con un sentido del valor. Para César Giraldo la poca necesidad de discernir llevaría no sólo al declino de la música, de la poesía y del arte en general, sino también a los problemas éticos que estamos sufriendo actualmente: “la ética es producto del sentido común, y éste del discernimiento, decía”. En este sentido sugería que mensajes con poco valor en la psiquis del individuo llevarían a relaciones sin amor. O mensajes sin amor tendrían poco valor agregado.

Y posiblemente podamos deambular un poco  en la relación entre ego e información, pues en esto César tenía su propia versión: “el ego es información y la conciencia el DVD”. En esta dirección el DVD de César abarcaría lo escrito y lo no escrito, así como el propio soporte mediático de la información.  Tal vez lo que nos falta es conocer el piso sobre el cual nuestra información está escrita, la media silente que soporta la palabra, fluctuando en el mar de pausas y silencios, la propia poesía (las páginas de espuma del poeta D. Thomas); tal como nos lo insinuó el yogui Ramana Maharishi.

Y cuando le pregunté  más concretamente a  César sobre la relación entre amor e información, respondió escabullido y rápido: “mijo, la respuesta a esa cuestión sale fuera de los límites del texto, y tal vez hasta del propio arte. Es posible que allí esté ese sentido de trascendencia que tanto te pica, como una buena urticaria en la piel”.


miércoles, 4 de enero de 2017

Ciencia, arte y tecnología


La ciencia descubre, la tecnología inventa, el arte crea. Descubrir es ir atrás de lo ya existente, de lo que permanece cubierto y, por tanto, de incógnito. Inventar tiene como etimología el prefijo in (hacia dentro), ligado al verbo (en infinitivo latino) venire, con su supino ventus; siendo que este último tiene también su contraparte como sustantivo: el viento, o un soplo de  suerte, por ejemplo. Y haciendo  una pequeña composición podríamos insinuar algo como: siendo  el viento, el buen agüero, que viene desde adentro.  Crear tiene origen en el infinitivo latino creare, con el sentido de engendrar,  de parir, de dar a luz, de cuidar, de nombrar alguien para un cargo.  Por lo tanto, queda más fácil entender el por qué el arte siempre estuvo ligado con la tecnología (y mucho más ahora), pues el viento, que viene de adentro, se parece más a un eólico parto. La ciencia es la arqueología de los fundamentos de lo que existe, de lo ya creado; la genealogía de algo que permaneció oculto, cuasi-todavía.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Fútbol, Guerras y Tragedias (el Chapecoense)


Dicen que el fútbol (y cualquier deporte) son sublimaciones de la guerra, de las pulsiones instintivas, buscando armonizar estas últimas con las solicitaciones sociales, tal como nos dicen los psicoanalistas. Las barras representarían los pueblos, mientras que los atletas serían la alegoría de los guerreros. En este sentido, el fútbol, por ejemplo, sería un producto de la civilización, en donde los instintos agresivos tendrían una salida inocua, desde el punto de vista del conflicto, dejando como efecto colateral emociones más constructivas en el público. Pero claro, el proceso puede fallar, tal como lo vemos en las palizas generalizadas que con alguna frecuencia aparecen entre las barras y entre los  jugadores, afuera y dentro de los propios estadios. 

Pero cuando un avión cae junto con todo un equipo de fútbol poco conocido, que llega heroicamente para juego decisivo, representando una pequeña ciudad brasilera, personificando el esfuerzo honesto de un grupo de jugadores y dirigentes, que con pocos recursos y con mucho arresto logran llegar a una final suramericana, el asunto toma el cuño de tragedia. Y usamos la palabra tragedia en un sentido más clásico; en el sin sentido de ciertos acontecimientos, que huyen a la razón, al sentido común, caracterizándose por lo inesperado, por una serie de factores que aisladamente serían simples de ser evitados; mas que cuando ocurren, en cierta secuencia, nos producen una sensación de absurdo, de soledad, de impotencia, por su resultado. 

Un aviador que es dueño del avión que pilota, y que como empresario procura maximizar su lucro, mismo que esto amenace la vida de su propia tripulación (a la que debe proteger), sólo puede mostrarse como un acto de locura, como una muestra de los peores vicios de la humanidad. Y que todos los mecanismos de fiscalización, de las diferentes instancias de la aeronáutica internacional, hayan fallado en detectar un acto ilícito muestra lo que caracteriza la tragedia: si miramos para atrás era simple de ser evitada. Mas el problema es que no podemos alterar el pasado; pues la tragedia rápidamente se instala en la historia, se nos vuela del presente, tal como un ladrón ladino y experto.

Y en este escenario Brasil redescubre el significado de la palabra solidaridad, etimológicamente relacionada con solidez, con la convivencia constructiva, en oposición a la fragilidad ética que toda guerra intrínsecamente tiene, por más justa que nos parezca en su conjunto, en su apariencia. 

Y lo curioso es que esa manifestación solidaria surge de un país estigmatizado por la guerra, por la intolerancia política, por el fanatismo, por el terrorismo, por los magnicidios, por el narcotráfico y por su poca tradición futbolística. Y aquí Brasil descubre que Colombia tiene un pueblo amable, alegre, sensible y afectuoso, y que se parece mucho a su propio pueblo; tal vez por razones culturales y étnicas, que deberían ser mejor estudiadas, tal vez potencializadas por ser de los países de América Latina con la mayor influencia africana.

Y si volvemos al tema de la guerra y de sus tragedias, podemos verificar que manifestaciones de solidaridad son raras. Un ejemplo lo vemos en el fracaso de la felicísima armada invencible española, concebida por Felipe II con el propósito de invadir Inglaterra, procurando restaurar el catolicismo y su ideología inquisidora en la Gran Bretaña. Dicen los historiadores que su derrota se debió más a las contingencias de la mala meteorología que a la destreza de sir Francis Drake, un pirata con título de corsario, y comerciante de esclavos. Tal vez la incompetencia del comandante español (el duque de Medina Sidonia) haya contribuido a uno de los mayores fiascos en los combates navales. Pero ni por eso los ingleses se solidarizarían con sus contrincantes españoles por sus imprevistos, por sus marinos ahogados en la furia de los elementos, por los sufrimientos, por sus familiares. Pues en la guerra la suerte hace parte del juego, y los desastres que tocan al adversario es mejor interpretarlos como parte de la ayuda solidaria de algún dios de oficio.

Actos nobles, respetuosos y solidarios, como los que el pueblo colombiano mostró para Brasil, son definitivamente raros en el universo de los conflictos, de las batallas, inclusive en el mundo clásico. Por ejemplo, Aquiles vence en combate abierto a Héctor, noble hijo primogénito de Príamo, rey de Troya, y que se opuso sistemáticamente a la guerra con Grecia. Y en vez de respetar la nobleza de un gran guerrero muerto en combate, lo amarra a su carro y lo arrastra, presuntuosamente, en frente de los muros de la ciudad sitiada (ante el regocijo aqueo), a fin de humillar sus padres, sus familiares y su pueblo. Así era el talante del pueblo griego, al que tanto admiramos.

Pero en  el ámbito de lo civilizado, tal vez un pueblo sufrido como el colombiano tenga el sartén por el mango, para dar ejemplo de apoyo, de adhesión, de protección para con el otro, de afección, de desapego. Pues con tantas vidas perdidas, a cada lado de los factores de un conflicto insano de cincuenta años, posiblemente haya aprendido algo sobre el real valor de las cosas, de lo que vale la pena preservar y de lo que sea mejor eliminar.


sábado, 6 de agosto de 2016

Cucharas y Pitillos


En una entrevista Umberto Eco declaró que el libro no podría desaparecer como un producto, pues es insustituible en nuestra civilización: “es como la cuchara, un invento que no puede ser mejorado”. Una afirmación interesante, por ser categórica y, sobre todo, por venir de uno de los críticos e intelectuales más conocidos en las últimas décadas. 

Pero si miramos con atención, por lo menos del punto de vista de las invenciones tecnológicas, el libro es heredero de los rollos de papiros y de pergaminos, que representaban un soporte mediático, definiendo una forma de producción para el texto, así como una forma de lectura, esta última norteada por la forma de desenrollarlos. Por otro lado, el libro es un invento posterior, cuya característica principal son las hojas (no necesariamente de papel), costuradas en un extremo, lo que permite su manoseo en la forma secuencial, tal como percibido cuando lo hojeamos. Las primeras versiones seminales de los libros eran llamadas de “códex” ya usados por los griegos y perfeccionados por los romanos. 

Si discutimos sobre la diferencia esencial entre los rollos y los libros podemos verificar que los primeros son desenrollados y los últimos hojeados, principalmente del punto de vista del lector. En este punto Thomas Kuhn podría señalar este facto como una simple quiebra de paradigma. Quiebras de paradigma fueron señaladas por Kuhn en el área científica, por ejemplo los cambios conceptuales ocurridos en el transcurso entre la física clásica y la física relativista: una virada en la manera de ver las cosas; por ejemplo el tiempo es relativo y no absoluto en la visión relativista. 

Un punto importante sería verificar sin los conceptos kuntianos pueden ser utilizados para confrontar los cambios tecnológicos, por ejemplo en la manera como nos comunicamos. Tal vez las tablas de arcilla, los rollos de pergaminos y los libros sólo representen quiebras de paradigmas en la manera como almacenamos informaciones, como manoseamos las mismas y, sobre todo, como accedemos a ellas (inclusive sobre cómo pensamos sobre ellas).

Pensar en soportes mediáticos fuera de su contexto funcional (en este caso informativo) sería una locura, así como pensar en la cuchara de Eco sin sus posibles contenidos alimenticios. Para entender esto verifiquemos lo que sucedió con el gramófono, el invento de Thomas Alva Edison, idea que vino ligada con el disco, al que en su versión final llamábamos de LP. Este último tuvo varios formatos, en tamaño y velocidad de rotación, y su vida útil terminó cuando el mundo digital comenzó a invadir el mundo analógico del sonido. La posibilidad de digitalizar las señales provenientes de los micrófonos, tomando muestras periódicamente (y convirtiéndolas posteriormente en bits), reproduciéndolas a una velocidad que consiguiese engañar al oído humano, fue un movimiento equivalente a la invención del cine, en donde fotogramas reproducidos a más de treinta por segundo dieron la idea de movimiento continuo. 

Y aquí verificamos un desplazamiento de lo continuo para lo discreto, del mundo analógico para el mundo de las muestras, estas últimas como condição sine qua non para la digitilización. Por ejemplo, un mundo ya discreteado por los fotógrafos, puede parecernos continuo (sólo en apariencia) si una máquina de reproducción (el proyector cinematográfico) nos muestra una secuencia de fotogramas a una velocidad apropiada. Lo que también tuvo su contrapartida en el sonido, con la invención del CD y sus dispositivos colaterales: DVDs, ipods, pendrivers, entre otros que vendrán en el futuro.

Pero también somos testigos de la digitalización de la fotografía, como una consecuencia del mundo discreto, en donde las amuestras son tomadas sobre el área de la imagen, fragmentándola en pequeños pedazos a los que llamamos de pixeles. Y si a fotografía es digitalizada, por este movimiento tecnológico, el video (y el cine) los son por correspondencia. O sea, una muestra para el video es una fotografía, y una muestra para la fotografía es un pixel. 

Pero esta idea de la digitalización en la imagen ya parecía tener sus vestigios en la pintura, como descubierto por los impresionistas. Por ejemplo, con la introducción del puntillismo por Georges-Pierre Seurat y Paul Signac, movimiento sustentado por varias investigaciones científicas sobre el color, realizadas por los físicos Isaac Newton, Charles Henry y por el alemán Johann Wolfgang von Goethe. Podríamos decir que los experimentos sobre los efectos que pocos colores podrían tener sobre una tela trajeron como consecuencia un nuevo foco al sentido de la información pictórica: el color pasó a ser el principal contenido temático del cuadro. Un punto colorido era la mínima unidad informacional, era el pixel de los impresionistas, pues el mismo definía, a priori, los límites de los objetos y los propios colores. 

Y esta idea, llevando el foco de la información para partes mínimas (y hasta más íntimas), puede ser percibida también en la literatura, si observamos lo que inventaron los poetas concretistas, como los hermanos Augusto y Haroldo de Campos, Décio Pignatari, Eugen Gomringer y algunos de sus precursores como E. E Cummings y Ezra Pound. En este caso, el peso del sentido está a cargo de los símbolos, a lo máximo en las palabras, en la geometría del texto y en el fondo (por ejemplo un papel), por encima de las gramáticas oracionales. En este caso, un símbolo colocado sobre una hoja en blanco pasa a tener sentido, tal como un punto colorido sobre una tela, tal como un pixel sobre una memoria, sobre una pantalla. 

Y si Eco nos habla de la imperativa eternidad de la cuchara, podemos verificar que, sin percibirlo, otros dispositivos ya vienen haciendo tareas similares, tal como el pitillo. Podríamos pensar que la cuchara soporta elementos discretos, tal como los granos de arroz y continuos, tal como una sopa. Pero si nos atrevemos a licuar los contenidos, un pitillo resuelve el problema, en cualquier caso, paradójicamente pasando de lo discreto para lo continuo. 

Y si el libro tiene o no un futuro garantizado con el adviento de nuevas tecnologías va depender de cómo los futuros lectores van a preferir acceder a la información. Y todo esto nos mostrará, al final, si nuestra necesidad de hojear era intrínseca o adquirida. Y si seguiremos teniendo bibliotecas librescas o si éstas serán objetos de museos, tal como las máquinas de escribir. O si viviremos entre la cuchara y el pitillo, eternamente.

domingo, 22 de mayo de 2016

Algunas reminiscencias sobre caminos y rituales


Algunas personas me preguntan, desde hace años, sobre el porqué de mi opción de ser ingeniero. Creo que los sujetos que escogen la ingeniería lo hacen por tener algún gusto o don por la matemática o otras ciencias exactas y, adicionalmente, por tener alguna admiración por cuestiones de tecnología o ciencias aplicadas.  En mi caso, mi posible habilidad en las matemáticas afloró a la edad de siete años, cuando no conseguía hacer una cuenta, propuesta por la profesora de entonces, una señora que me parecía muy amable y respetuosa. Ese día la mujer me agarró de la oreja, sacudió mi cabeza, sin soltar su mano, y me ordenó que pensara. A partir de ese día decidí nunca más errar un cálculo. O sea, mi inclinación matemática fue fruto de un atentado terrorista. Sin embargo, eso de ser obligado a pensar no tuvo mucho efecto en mí, pues siempre resolví los problemas, cuando podía, de una manera casi automática: el posible camino hacia una solución surgía en mi cabeza como una aparición, como una mano que venía en mi ayuda, tal vez ante el inminente riesgo de llevar una nueva y peligrosa sacudida. O sea que, en mi caso, puedo ser catalogado de cualquier cosa,  menos de ser un pensador. 
        En principio la elección de la ingeniería eléctrica se debió a la cercanía de la universidad, lo que únicamente me demandaba tomar dos buses de ida y dos de vuelta, para mi casa. Era un viaje de casi dos horas para llegar a las clases y otro, un poco más largo, para volver a casa. O sea, pasé por lo menos cuatro horas por día en buses urbanos e intermunicipales. Pero recordando los hechos, creo que mi preferencia me llevaba más a ser un físico que un ingeniero. Tal vez los problemas económicos surgidos a raíz de la muerte prematura de mi padre, y ante la perspectiva, casi cierta, de tener que dedicarme a la docencia (como era el futuro casi cierto de un físico en mi país), decidí optar por una carrera más práctica, que me permitiera tener un empleo mejor remunerado. Fue una bobada, pues mi vocación por la docencia pesó mucho más en los años que se siguieron y al fin de cuentas terminé siendo un profesor.
        Sin embargo, mi vínculo con la electrónica tuvo raíces más tempranas, casi desde mi infancia, cuando escuché sobre un episodio que ocurrió en la casa de una tía, que había recibido un televisor importado de los Estados Unidos. Para  nuestra numerosa familia formada por hermanos, hermanas, tíos, tías, primos y primas, fue un acontecimiento inolvidable el ver un receptor televisivo de última generación. Pero cierta vez el aparato dio algún defecto, y un técnico vecino fue llamado de urgencia para hacer el arreglo en casa. Tal vez por estar lidiando con una tecnología más moderna, lo que pudo haber creado nerviosismo en el sujeto, un error de procedimiento hizo que la pantalla estallara en millares de minúsculos pedazos, que se explayaron por toda la casa, formando una especie de polvo vidrioso, que emitía diminutos rayos luminosos, reflejos de la luz proveniente del sol y las lámparas de los aposentos de la casa. Según los relatos que me llegaron, sobre todo de mis tíos, el estruendo fue tan ensordecedor que los perros de la cuadra latieron durante cuatro horas seguidas, y los gatos se negaron a bajar de los tejados y de las bóvedas de las casas durante tres días, por la leve sospecha del mundo haber acabado. 
        Este hecho dejó una fuerte impresión en mí pues siempre me preguntaba cómo un aparato tan querido y pacífico podía convertirse en una bomba. Y es posible que algún sicólogo perspicaz decida interpretar mi opción profesional como el deseo de aprender a desactivar la bomba escondida detrás de un divertimento, de algo inofensivo, tal como un televisor, o de una profesora. 
        Pero el mayor problema fue para mi padre, un abogado que siempre tuvo la vocación de defender causas justas y perdidas, pues mi madre, hermana de la dueña del televisor, insistía durante cada almuerzo familiar para que mi padre demandara el técnico, para obligarlo a resarcir a mi tía por daños materiales y morales. Yo conocía, y tal vez mi padre también, la oficina del técnico, que era un cuchitril que hospedaba televisores desahuciados, piezas electrónicas deshuesadas y muchas telarañas que hacían del lugar algo lúgubre de visitar. Durante años mi padre permaneció en silencio, resistiendo heroicamente ante las arremetidas de mi madre y de sus hermanas para que asumiera la causa contra el pobre sujeto, que mal tendría cómo pagar el alquiler de su taller de electrónica. Tal vez este ejemplo tenga influido en mi preferencia por permanecer callado durante varias situaciones, una especie de resistencia civil, pero más silenciosa y solitaria que aquella propuesta por Gandi.
        Como la vida guarda sus tramas y sus significados, una cosa curiosa que ocurrió fue que durante mi primer empleo, después de haberme formado en la universidad, fui encaminado para hacer trabajos de mantenimiento en monitores de computadores, durante los años 80. El problema es que estos aparatos eran similares a los televisores pues incluían fuentes de alto voltaje, lo que requería de un procedimiento especial para su manoseo a fin de evitar accidentes. Ante mi consabida desatención y vocación para permanecer en estados más lunáticos que terrestres, tuve la plena seguridad que tendría que presenciar en vivo y en directo una explosión, de esta vez siendo yo el responsable. 
        Felizmente mi amigo y colega ingeniero Henry Meneses ya había ingresado un año antes en la empresa y tuvo  la caridad de explicarme  los pasos para desactivar esas bombas en potencial, y así poder hacer los reparos requeridos. Recuerdo que un punto importante era descargar el tubo de rayos catódicos utilizando un destornillador grande, para hacer contacto con un conector de tierra, lo que hacía que una descarga eléctrica apareciera produciendo un amenazante y sonoro chisporroteo. 
        Y como consecuencia de estos hechos me volví un ritualista, pues cada vez que habría un monitor escribía en un papel cada paso que había ejecutado, y registraba nerviosamente con un lápiz el paso subsecuente hasta finalizar el trabajo, rezando casi siempre alguna oración que recordaba de mi pasaje por el colegio marista.
       Cuando le conté estas reminiscencias y elucubraciones a César Giraldo, el viejo amigo se acarició su barba, pensó algunos segundos y dijo: «mijo, eso explica ese temor tipo Asterix que siempre te ha perseguido, ese miedo a que se te caiga el cielo encima. Yo respeto mucho esa vena espiritual que tienes, pero te digo una cosa: cuando consigas hacer tus ritos sin cargar sobre tu espalda cualquier temor insando, serás como una bella forma musical, un rondó, una sonata, repitiendo el tema, binariamente, o ternariamente de la forma debida. En este caso estarás en el camino del arte, revelándote por fin  como un verdadero ritualist.

sábado, 30 de abril de 2016

Cotidiano, equivalencias y ecuaciones


Algunos dicen que la música es la más matemática de las artes. Es como si Euterpe, musa de la música (proveniente de los vientos), especialmente de la flauta, tuviera algo de Urania, aquella musa de la astronomía, de la poesía didáctica y de las ciencias exactas. Debe ser porque la música trabaja con escalas, con formulaciones definidas para la creación de acordes, con ondas sonoras medidas en hertz (o vibraciones por segundo) con relaciones exactas de frecuencias entre los tonos; cosas parecidas con las que   físicos e ingenieros trabajan en su día a día. Pero si hablamos de ondas, todos sabemos que la luz tiene algo de ellas. Tan es así que los colores también pueden ser medidos en hertz, pues son provenientes del tipo de luz reflejada por los objetos. Si aplicamos estas ideas diríamos que los pintores también trabajan con ondas, y casi siempre sin saberlo. 

¿Y qué decir de las artes escritas, tal como la poesía, la narrativa y de la historia (al final de cuentas Clío era la musa de la epopeya)? Bueno, si decimos que la base de la matemática es esa equivalencia de los objetos, de los discursos, eso que llamamos de ecuación (tal como aquella famosa de Einstein: E = M×C2) tendríamos pistas y rastros para seguir. 

Esa ecuación mencionada nos dice que la Energía (E) es igual a la multiplicación de la Masa (M) por la velocidad de la luz elevada al cuadrado (C2). La propia descripción de la fórmula menciona objetos concretos, discursos, hasta metáforas, siendo ella misma un discurso. Decir que la luz de tus ojos es la guía de mis sueños” de cierta manera es una relación de equivalencia, una igualdad, una ecuación, y lo mismo podríamos decir de cualquier metáfora semejante. 

De la misma forma podríamos trazar equivalencias literarias, por ejemplo entre Helena de Troya y Remedios la Bella, pues ambas se tornaban inolvidables para cualquier hombre que las mirara. Elena de Troya causó una guerra y varias tragedias. Remedios la bella tuvo que ser retirada de una novela, en el capítulo justo, ante el peligro de hacer inviable el transcurso, de paralizar el texto. 

Borges  dijo alguna vez que todo el psicoanálisis podía ser considerado como literatura; tal vez lo dijo porque Freud era un gran escritor y hasta ganó el premio Goethe, en parte por su obra como literato, tal como consta en el acta firmada en su tiempo por el alcalde de Frankfurt. O tal vez lo señaló porque Popper, un epistemólogo famoso, ya le había negado el rótulo de teoría científica al territorio psicoanalitico. 

Si hablamos de Freud tendremos que adentrarnos en el territorio del diagnóstico, de las causas y de los efectos. “Fulana tiene histeria pues sintió deseos inconfesos, que reprime hasta la actualidad”. De otra forma, podríamos decir que la histeria de fulana es producida por la represión de sus deseos inconfesos, desde niña. Y aquí tendríamos otro tipo de equivalencia, de ecuación, aquella fórmula que iguala dos historias, o dos discursos: el de las causas y el de los efectos.

Diríamos aquí que el principio de equivalente es común en varias áreas, y ciertas cosas que parecen no ser matemáticas lo podrían ser. Por ejemplo, si afirmamos que un ser humano puede ser definido por sus pensamientos, sus sentimientos, sus emociones y sobre todo por sus obras, tendríamos una fórmula, una equivalencia, una ecuación, que aproxima dos discursos (el del sujeto y el de sus atributos). Si llegamos aquí diremos que un juez, cuando dicta su sentencia, hace una relación de equivalencia: fulano cometió un delito, y su pena equivalente es igual a 10 años de prisión.

Es claro que la matemática también se centra en las desigualdades, en las inecuaciones, tal como aquella que nos dice que el promedio aritmético de un conjunto de números es mayor que el promedio armónico del mismo. Sin embargo, las inecuaciones pierden en elegancia con las ecuaciones; ellas son menos concretas, pero dejan más libertad cuando hablamos de  historias, de discursos. Si matemáticamente decimos que a es mayor que b (a > b) y si alguien nos informa que a es igual a 3, existen infinitos valores de b que pueden satisfacer esa inecuación. Por eso si afirmamos que la obra de Degas es diferente de la de Renoir estaremos estableciendo una desigualdad, una inecuación; lo que nos permitirá hacer juicios sobre esos pintores basados en inecuaciones, por ejemplo, decir que la obra del primero es superior a la del segundo (dígase, Degas > Renoir).

Es cierto que no podemos aproximar totalmente los discursos artístico y científico, y a partir de esto hasta podríamos decir que, en el arte, 2 + 2 no es siempre igual a 4: esa  inecuación de lo contingente, el dominio de lo subjetivo, la abertura para lo imposible, el imperio de la incerteza, y de la esperanza.