viernes, 31 de mayo de 2024

Sobre creadores y destructores

¿Somos dioses, en el sentido de que actuamos como «creadores» cuando usamos nuestras tecnologías?  Tal vez sí. Pero también somos destructores en dos frentes: por los efectos colaterales de nuestras «creaciones» y porque transformamos características de la materia consumiendo energía o liberándola, por ejemplo, en la fisión nuclear. Creo que esa particularidad tiene un rostro de simultaneidad (creadores y destructores al mismo tiempo), algo que ya Hegel había observado con su dialéctica, por cierto muy mal entendida, inclusive por sus sucesores marxistas. El problema actual es que no podemos controlar (o no queremos) los efectos colaterales de nuestras tecnologías y acciones. Y es difícil, si aceptamos que nuestras tendencias creadoras y destructivas deambulan en nuestra psiquis sin ningún control. Freud llamó a estas últimas instinto de muerte (Tanatos) y se lo hizo notar a Einstein en una misiva famosa. Y estas dos tendencias tienen dos características, bien estudiadas, en teoría de sistemas computacionales: paralelismo y concurrencia. En el primer caso, tenemos un aspecto esencial de la dialéctica real (y sin tapujos),  y en el segundo caso, los procesos concurren por recursos utilizables y deben permanecer en filas hasta ser atendidos. Tal vez los impulsos destructivos también se presenten externamente en la forma de guerras porque nadie acepta, de buen grado, permanecer en una fila. Así, creo que lo destructivo tiene dos vertientes simultaneas: nuestros propios instintos conflictivos internos y los efectos colaterales externos de nuestras acciones/tecnologías, que vagan sueltos como forajidos. Hay una cosa interesante, en la mitología hindú tenemos la fuerza destructiva como algo sagrado, necesario y transformador (la llaman Shiva); una fuerza que trabaja en el plano sintético. En el cristianismo, si somos coherentes y algo audaces, sería el Espírito Santo, que representaría la síntesis equilibrada; o sea, la acción destructiva revolucionaria, en donde tenemos control, conciencia y responsabilidad asumida sobre todos los efectos directos y colaterales de nuestras tecnologías. Este proceso nunca fue explicado claramente por curas y pastores pues, lejos de cualquier teología, sacraliza todo tipo de transformación que guarde aspectos de equilibrio, de responsabilidad que cada uno debe asumir en sus quehaceres diarios, ejerciendo su libre albedrío y, además, representa el aspecto pedagógico intrínseco de la vida. Solo así nos convertiremos en creadores eficientes y jugaremos no a ganar sino a empatar, con la dinámica de un jugador de ajedrez que hace una jugada pensando cómo va a reaccionar su contrincante. La ética del empate significa que estamos comprometidos en transformar conservando un equilibrio latente, lo que es esencial en la geopolítica actual, donde la naturaleza es nuestra contraparte, donde toda ambición de victoria contra ella equivale a un pasito hacia un suicidio colectivo.

(Carlos Humberto Llanos)

domingo, 5 de mayo de 2024

Sobre inteligencia...

 Algunos amigos me han pedido que hable un poco sobre lo que es inteligencia, sobre todo en el contexto de las nuevas tecnologías que usan el término «inteligencia artificial». Bueno, la primera referencia que tengo sobre inteligencia, por experiencia propia, es como una herramienta para eludir el bullying que se sufre en el colegio, pues cuando sabes hacer algunas cuentas de manera eficiente tus profesores tienden a admirarte y a colocarte como ejemplo para tus compañeros. Pero claro, tienes que ser suficientemente sagaz para  que no pasen a tratarte como un nerd, pues las cosas se pueden poner  aún peor de lo que eran.  En este caso, usamos la inteligencia para librarnos del sufrimiento; o sea, en primera instancia, la inteligencia es un arma, tal como una navaja afilada, o como un rifle Colt. Pero no es un arma tan democrática como una de fuego, que cualquiera puede disparar  bien con algo de entrenamiento, pues se requiere haber nacido con algún talento específico. Si estamos de acuerdo en que la inteligencia es un arma, podemos conversar sobre sus matices, algo que crea diferencias dependiendo del sujeto, de su personalidad. Digamos que si la inteligencia es vista sobre algún lente o, mejor, si ella debe atravesar algún tipo de artefacto parecido a un lente, podemos ver sus tonalidades, o observarla como un talento artístico, o como alguna capacidad para hacer cuentas, o probar teoremas, o como alguna habilidad para filosofar. O sea, es un arma para defenderse de algo, y que puede manifestarse en variadas formas. Algunos libros la definen como capacidad para resolver problemas o como capacidad de adaptación. Ahora tendríamos que analizar si resolver problemas y adaptarse a algo son cosas convergentes entre sí. Gerardo Schmedling diría que no, pues los problemas exigen solución mientras que la adaptación está vinculada con procesos y no a los  problemas: «procesos tienen inicio y finalización, solo eso», solía decir.  Esto nos da una idea de que los procesos son más generales que los problemas, y por lo tanto estarían más cerca de la inteligencia, por lo menos en su manera más genérica. Pero obviamente, que la vida como tal nos ofrece su característica de finitud, a la que podemos llamar de problema o de proceso. En el primer caso es un problema insoluble, en el segundo caso tenemos que echar mano de la aceptación. Diríamos así, que inteligencia además de denotar capacidad de resolver o de adaptarnos, puede significar también capacidad de aceptación de la vida, como algo limitado, tal como ella es. Pero podríamos tomar otro camino, pensar que la inteligencia es algún tipo de habilidad para hacer inferencias, o sea, de concluir cosas nuevas a partir de enunciados específicos. Esto envuelve aspectos de lógica, del uso de reglas que pueden ser seguidas consciente o inconscientemente. El asunto es que la habilidad para hacer inferencias es muy parecida a la dinámica de la inducción, esa pericia mal explicada e injustamente mal hablada, como las mujeres de la vida, de concluir cosas nuevas y generales a partir de datos e informaciones restringidas, como lo hacen los grandes descubridores o inventores en ciencia y tecnología, o los grandes artistas. Pero vamos por partes,  pues esa habilidad es ahora emulada por los motores de búsqueda basados en inteligencia artificial (IA); donde usamos artefactos como las redes neurales artificiales, que si bien entrenadas, se comportan como verdaderos oráculos. No es  por acaso, que dichos aparatos a veces son denominados máquinas de inducción, con el perdón de David Hume y de Karl Popper. Por ejemplo, los especialistas nos dicen que si tenemos suficiente cantidad de datos, esos oráculos puede responder cosas con la sutileza humana y con mucha mayor velocidad. Solo bastó que esas ideas un poco antiguas, con ayuda de los nuevos computadores, invadieran el área del lenguaje humano para crearnos la ilusión de que son seres vivos, y que pueden competir con sus creadores.  O sea, la IA ahora nos ofrece el paraíso terrenal: una cantidad de información, almacenada en una memoria infinita para el común de lo mortales, y una capacidad de inferencia que nos deja con la boca abierta. Si Borges se imaginaba un cielo como una enorme biblioteca, su destreza no le bastó para imaginarse un motor de búsqueda que le diera resúmenes, le hiciera recomendaciones y lo entregara conclusiones con lenguaje poético: el fin del mundo borgiano. Y  si al comienzo dijimos que la inteligencia no era un arma tan democrática así, ahora la IA la ha democratizado, y convirtiéndola en un rifle Colt virtual y más fácil de ser usada que navaja suiza. Ahora podemos pensar que la inteligencia ha dejado de ser la última trinchera de los tímidos, de los bobos del colegio, pues hasta un rudo e ignorante puede tener acceso a ella y convertirse en un hombre instruido, un macho alfa, y con tres testículos. 

(Carlos Humberto Llanos)

martes, 13 de febrero de 2024

Sobre historias, paradigmas y Colombia (recuerdos de una charla)

Esa idea que escuché de mis amigos Jasmín León de Rivera y Álvaro Gutiérrez (terapeutas sistémicos) de que somos confluencia entre historias que nos contamos e historias que son contadas sobre nosotros me pareció fundamental, y plausible de ser explorada en la literatura. Creo que en el fondo todos somos personajes, y podemos tener una nueva visión de la neurosis como historias conflictivas, ficciones mal resueltas. Creo que Colombia es eso: una ficción que no se resuelve; yo había desvariado un poco en algún texto mío sobre el tema del bolero y el tango, como una especie conflicto de género musical, que en nuestro país no se pudo resolver a tiempo. Me parece poética esa posible visión de los sistemas en donde la infraestructura no son los objetos sino las relaciones entre ellos: algo muy actual en la física moderna. Una especie de inversión de la pirámide, como decían los marxistas sobre la filosofía hegeliana: «Marx invirtió la pirámide del idealismo alemán». Hablando de estas cosas, mi mentor y amigo Prof. Reiner Hartenstein insistía que el paradigma de computación actual era ineficiente pues su estructura es estrictamente burocrática: una memoria para almacenar el programa, un procesador para ejecutar paso a paso cada una de las instrucciones del programa y canales de comunicación entre procesador y memoria para transferir las instrucciones al procesador, donde son ejecutadas, y retornar resultados de vuelta para la memoria. Esto resultaba naturalmente en trancones, tal como acontecen en la calle 5 de Cali, lo que implica en colocar policías de tránsito, exigir protocolos, aplicar multas, etc. Esta estructura que mi amigo criticó tanto es conocida como paradigma de von Neumann. Hartenstein divulgaba un paradigma alternativo: la computación debía ser basada en los datos y no en instrucciones; pues es más eficiente procesarlos directamente sin tanta burocracia. Llamaba a esto de computación basada en flujo de datos. Estos últimos transitan por estructuras computacionales (circuitos) que ya saben a priori como procesarlos.  O sea, estaba proponiendo invertir la pirámide. Es normal que en algunos momentos tengamos que invertir pirámides, o volverlas a colocar en posiciones anteriores. Voy a colocar aquí algo polémico: los géneros literarios se resumen en dos: la prosa y la poesía (con el perdón de los profesores de literatura). Pero no podemos tener prosa de calidad sin poesía, y en esta última, de alguna manera contamos algo de nosotros: estamos prosificando. Hantenstein, fiel escudero el paradigma de flujo de dados, al final de su vida reconoció que no podría librarse del paradigma de von Neumann y de sus secuaces del cartel liderado por la empresa de microprocesadores Intel (llamó a esto twin-paradigm). De cualquier manera, en este momento creo que somos más relaciones que sujetos, pero puedo cambiar de idea mañana... Veo que la frase de los psicoanalistas contemporáneos de que «somos el otro», se resuelve em que somos las relaciones, que se expanden a través de nodos internos: somos estructuras múltiples, tal vez varios sujetos a la vez, que conversan con sujetos externos, que también son multitudes. Creo que la sociología y la antropología aún tienen que aprender mucho de estas vertientes.

(Carlos Humberto Llanos)

lunes, 12 de febrero de 2024

Una breve discusión sobre dos temas de Cioran

(1)

«Creo que el politeísmo, como visión religiosa, se opone a la intolerancia; la tolerancia no es posible en un sistema monoteísta. Sería contradictorio. Si solo existe un dios no puede haber más que una verdad; si existen más dioses, hay más verdades. En consecuencia, la tolerancia solo se concibe a partir de un cierto escepticismo. No hay verdad absoluta, sino muchas verdades, muchos pareceres. En el politeísmo se toleraban, más o menos, todas las religiones, excepto el cristianismo. ¿Por qué? Porque el cristianismo es intolerante. Todo monoteísmo implica necesariamente intolerancia.» (E. M. Cioran)

Comentario: aquí Cioran se refiere a la libertad de credo, a no someterse a una verdad absoluta. El problema de estas vertientes del pensamiento es pensar que el paso del politeísmo al monoteísmo se da únicamente por una imposición de fe, y no por una insuficiencia conceptual, que se traduce en la tendencia imperativa de una «unificación». En la ciencia se puede percibir este hecho como algo necesario y raramente contestado: de buscar una visión unificada del conocimiento. En la física verificamos que llevamos décadas intentando unificar en una sola teoría cuatro ideas: fuerza gravitatoria, fuerza electromagnética, fuerza nuclear fuerte, y fuerza nuclear débil, y hasta ahora solo tenemos resultados parciales. Pero no hay evidencias de que no se pueda llegar a una unificación: es un problema abierto, como se dice en la ciencia de la computación, y a nadie en sano juicio se le ocurriría condenar esta tentativa.
        En otra perspectiva, el esfuerzo de unificar la visión relativista con la visión cuántica implica en romper algunas barreras: la física cuántica usa conceptos de espacio y tiempo que son clásicos, mientras que la física relativista usa conceptos de energía y materia también demasiado clásicos. Así, el problema es que no conseguimos deshacernos del todo de la visión newtoniana, de que lo que percibimos con nuestros sentidos es lo real. En matemática y computación la unificación juega varios papeles, digamos que tiene varios abordajes: encontrar soluciones que satisfagan un conjunto de ecuaciones, encontrar modelos que agrupen varios modelos aparentemente independientes (simplificación), o encontrar sustituciones en variables de formulaciones lógicas que permitan que dos o más fórmulas sean iguales (y pueden haber otros significados).
        Sobre esta visión, de lo que es unificación en sus múltiples aspectos, podemos ver las diferentes áreas de la ciencia como visiones, entrelazadas únicamente por un hilo: el método científico. Tal vez  podríamos ver el politeísmo como enfoques del mundo entretejidos por nuestra limitación fundamental, aquella que llamamos «mortalidad». Así, el paso del politeísmo al monoteísmo pode ser visto como un procedimiento de unificación, buscando una visión más simple, que dé sentido a la complejidad de existir como sujetos.
        De esta manera, la crítica al monoteísmo debe ser centrada más en su carácter violento; digamos, de hacer una sustitución de una variable por otra de manera forzada, de manera errada. No se puede sustituir un dios parcial por un dios total, sin usar procedimientos adecuados, sin que dicha sustitución sea una imposición, sin que la misma sea impostora. Sustituir un dios parcial por un dios total estaría más parecido al proceso de inducción lógica (ir de lo particular para lo general), tan criticado por Popper, tan difícil de entender como la gravedad cuántica o como la teoría de las cuerdas, por lo menos para nosotros, simples mortales.
        No queda claro se Cioran afirma que nunca hubo imposición violenta en el politeísmo, pues es siempre problemático determinar si las llamadas guerras santas (que puedrían envolver visiones monoteístas o no) no llevan ocultas un lastre de intereses económicos (en la visión marxista); o viceversa, si las guerras por intereses económicos no son inducidas por motivos ideológicos, que pueden emerger envolviendo pulsiones religiosas.
        Sobre la relación de tolerancia con el escepticismo (como lo trata Cioran), podemos pensar en el concepto de «completitud» en lógica, desde el punto de vista de la parafernalia axiomática: «un sistema axiomático completo es aquel en el cual se puede demostrar o refutar cualquier afirmación dentro del sistema utilizando las reglas y axiomas del mismo». Esta idea nos asegura que no existen lagunas en el sistema, y que todas las afirmaciones son decidibles dentro de ese marco teórico. 
        El problema es que hay fundamentos contundentes en el sentido contrario a la completitud axiomática y sus consecuencias: Kurt Gödel demostró que a partir de un conjunto de axiomas sin contradicciones entre sí, existen enunciados que no se pueden probar ni refutar a partir de ellos. O sea, hay teoremas que son verdaderos y no pueden ser demostrados a partir de las bases de cualquier sistema axiomático que podamos proponer. Esto introduce de manera formal la universalidad de la «incompletitud» (por lo menos en la matemática) y, por consecuencia, de la «duda» (una posible fase del escepticismo): esa boca abierta que mantienen los poetas al caer de un verso nocturno. Coloco aquí la «duda» como un posible soporte al «misterio», ese algo irresoluto al que debemos deponer todas nuestras inocuas armas. Si hay dioses, sus imágenes deberían evocar esta duda cotidiana. Si hay un dios universal, deberíamos inventar una iconografía sagrada de esta duda categórica, tal vez como alternativa, o complemento, a la duda metódica cartesiana. Esa bendita perplejidad que puede salvarnos del peor de los pecados: el fanatismo.

(2)

«Pero ahora voy a referirme al aspecto positivo del suicidio. Al suicidio como acto. El cristianismo ha privado al hombre de un recurso extraordinario. El peor crimen del cristianismo es haber condenado este acto, ya que, al hacerlo, ha condenado al hombre. ¿Qué significa pensar en el suicidio? ¿Por qué –me dicen– no se ha suicidado? Porque para mí el suicidio –pese a haber sentido muchas veces la tentación de matarme– no implica la idea de desaparecer, sino la de poder soportar la vida. El suicidio es una especie de salvación. Al pensar “de mí depende el hecho de desprenderme de todo”, se tiene la sensación de ser único y, por consiguiente, uno se sabe libre, en el pleno sentido de la palabra. El cristianismo, pues, le ha quitado al hombre esta gran posibilidad. En este sentido, y no solo en este, el paganismo es infinitamente superior.» (E. M. Cioran)

Comentario:  Es difícil creer que el suicidio represente el supra-summum de la libertad, pues solo simboliza un dedo que aprieta un gatillo que ya fue accionado en el momento en que nacemos. Todo lo que vive muere, esa es la ley de la naturaleza, repetía Gerardo Schmedling a sus alumnos. Y en la discusión de nuestra ilustre mortalidad siempre encontramos un culpado: el tiempo. A este respecto, los físicos nos dicen que no hay sentido en hablar de términos tan usuales como presente, pasado y futuro, pues en las ecuaciones de cualquier sistema dinámico no hay cómo diferenciar estos elementos. 
        También hay indicios sobre formulaciones matemáticas (en la física actual) en donde la variable «tiempo» es ausente: no es necesaria pues no tiene expresividad. El único vestigio sobre la existencia de una flecha del tiempo, que va del pasado para el futuro, es algo que llaman «entropía» (la segunda ley de la termodinámica). O sea, el tiempo está relacionado con la producción de calor que siempre ocurre en procesos irreversibles. Pero esta misma ley es formulada en contextos probabilísticos (y no determinísticos), o sea, el calor va, con una probabilidad mayor, de regiones más calientes para regiones más frías. Y como toda formulación probabilística, esto implica en una pulga detrás de nuestra oreja que nos dice algo como esto: esta enunciación existe así por que hay ignorancia (tal vez otra faceta de la incompletitud). En efecto, el físico Carlo Rovelli sugiere que la entropía aparece solo por nuestra visión parcial de los hechos. Esto puede envolver, por carambola, de que lo que conocemos como «tiempo» puede ser una sutil ignorancia de algo que desconocemos.
        Sin importar si el tiempo existe o es una ilusión, nuestra mortalidad tiene una ventaja: nos libra del tedio de tener que ser eternamente el mismo personaje. El mismo Borges, después de viejo, decía algo como esto: «estoy ya cansado de ser Borges.». Y no se necesita ser un minotauro porteño para ver algo tan positivo en nuestros irreversibles desencarnes.


Nota: Textos de Cioran extraídos de: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/sobre-el-suicidio/

(Carlos Humberto Llanos)

sábado, 6 de enero de 2024

Politiqueando I (mi anti-credo)

Defiendo a Petro y su proceso, creo firmemente que era necesario para Colombia. Por otro lado, no veo como salida el radicalismo. Los conservadores lo ensayaron y crearon Bolsonaro y sus seguidores, y en la izquierda hay algunos ejemplos históricos bien tristes, no los voy a citar aquí.  Lo poco que critico en Petro son algunos lances de intransigencia y que en algunas veces rayan en el irracionalismo, pero opino que son pocos. Sobre la izquierda, creo que el surgimiento del marxismo significó un paso fundamental para la comprensión de los fenómenos sociales. Pero no considero el marxismo como un dogma, sobre todo porque no consigo aceptar ninguno. Corto y grueso, considero que el único problema del marxismo son los marxistas. Veo siempre un aire de arrogancia en ellos que me incomoda; es tan jarto e incomodo hablar con ellos  como lo es hacerlo  con los lacanianos. Escuché una vez de Estanislao Zuleta esta crítica a los lacanianos: «ellos dicen así: si no me comprendes debes aceptar que soy muy inteligente». Sobre mi duplo malestar (con marxistas y lacanianos), hago siempre  esta analogía, soy viciado en ellas: libido igual a lucha de clases, e inconsciente igual a economía. Veo en esas analogías el dogma fundamental de la santa iglesia marxista, apostólica y leninista, así como de lacanianos.   En el caso de los marxistas, ese dogma intenta aproximarse, por analogía, de la idea de la mecánica de la explosión basada en el papel de los comburentes (en este caso, el oxígeno) en la producción del fuego a partir de combustibles. O sea, la lucha de clases sería el comburente de  los procesos sociales a gran escala. Y la economía el combustible, la base, la infraestructura, como se dice, la sustancia omnipresente en el proceso (tal vez una especie éter). Observe que escojo esta analogía en ese orden y no al contrario, pues el comburente tiene un carácter dinámico, puede aumentar o aliviar su fervor. Por el contrario, el combustible tiene un aura estable, se consume lentamente durante el proceso (esto lo saben muy bien los ecologistas, cuando hablan de la naturaleza como economía que se agota). Pero como pasa con  toda tesis mecanicista, el marxismo  está sujeto a ser ajustado, o a ser reescrito, inclusive de manera radical (tal vez aquí me contradiga). Ah, y creo que la fusión atómica, que produce la energía del sol, no necesita comburentes; ocurre por otro tipo de proceso: la mecánica cuántica. Así, tal vez necesitemos de mentes tan radicales como Planck,   Schrödinger, Heisenberg, Einstein, Dirac, Bohr y von Neumann, entre otros, para crear nuevas visiones que ayuden a explicar los fenómenos sociales, que son supremamente complejos,  e incluyen aspectos de psicología social/individual, y por qué no metafísicos (digamos, espirituales), entre otras cosas. Puede ser que  por decir estas cosas me tachen de tibio, de centrista, fajardista, o de cualquier otra cosa. Pero ese es un riesgo que debo asumir. Todos los modelos están errados (inclusive el marxista), son solo aproximaciones,  pero algunos son útiles, parodiando el viejo profesor de teoría de sistemas George Box. 

(Carlos Humberto Llanos)

lunes, 20 de febrero de 2023

Libros e inteligencia artificial

Podemos reflexionar un poco sobre la frase de Humberto Eco, que dice algo como esto: «el libro es un invento del mismo calibre que la cuchara, no puede ser mejorado». En su apariencia puede ser una defensa irrefutable a la perennidad del libro. Pero puede también explicar su sentencia a muerte, pues lo que no se puede mejorar algún día será descartado, es la ley de evolución. No dudo que la cuchara sea inmejorable, podemos cambiar el material con que está hecha, pero su funcionalidad principal será la misma (recoger la comida para llevarla  a nuestra boca).  Pero si la estructura de los alimentos cambia, tal vez pase a ser inútil, una pieza de museo. Para ejemplificar, los astronautas usan dietas basadas en barras de cereales enriquecidos con suplementos alimenticios y cápsulas con otros complementos, ¿y dónde está la cuchara aquí? El libro está basado en una tecnología que siguió la trayectoria de solidificar el discurso en la textualidad, y bajar esta última a un soporte mediático específico. Hubo un tiempo, una especie de pre-ensayo, en que aparecieron otras medias, como el  disquete de 8 pulgadas;  después vino el disquete de 5 y un cuarto de pulgada, después el CD, el DVD, el pendrive y ahorita la nube. Estamos en peligro de ver el libro desaparecer y abrigar la misma nostalgia por los viejos disquetes. La nueva biblioteca está tomando la forma de una enorme enciclopedia, donde cualquier duda puede ser consultada más por el tema, por el contexto y menos por el autor. Para esto se usa el concepto de memoria asociativa, un tipo de dispositivo electrónico que permite recuperar elementos haciendo coincidir alguna parte de su contenido, en lugar de especificar su dirección; el hipertexto es hijito de esta idea… O sea, este mecanismo computacional funciona de manera parecida a la forma como nuestro cerebro busca la información en su red neuronal. Buscar información por el autor pasará a ser tan anticuado o inútil como usar los antiguos teléfonos fijos, o como procurar el lugar de nuestras carencias y conflictos sugeriendo dónde podrían estar (en vez de usar la asociación libre descubierta por el viejo Freud).  Así, lo que nos intimida no es que el libro entre en colapso, sino que el autor desaparezca, se extinga como los dinosaurios. Nuevas herramientas de búsqueda de contenidos como ChatGPT consiguen traer textos coherentes sin explicitar las fuentes, los autores. Podríamos colocar un trecho de un diálogo de Úrsula con José Arcadio y solicitar textos similares en Borges o en Chesterton, exigiendo asociaciones semánticas o algo por el estilo; y esto cada vez funcionará de manera más eficiente. 

(Carlos Humberto Llanos)

martes, 18 de enero de 2022

Algo sobre anarquismo epistémico


Hélio Schwartsman es un columnista del periódico Folha de Sao Paulo, el más prestigioso y confiable del Brasil. Hace pocos días escribió una columna llamada Tiempos sombríos en la ciencia, título impactante, tal vez exagerado si se trata de criticar el discurso científico, que por sus resultados, más que por sus argumentos, se ha ganado la confianza de la mayoría de las personas. Es que si se trata de verificar los argumentos encapsulados dentro de los discursos tenemos las variedades; pues lo que nos dicen los curas, pastores, brahmanes, chamanes, cartomantes y astrólogos son narrativas basadas en algún principio, con argumentaciones derivadas a partir de algunas reglas, y que nos muestran algunas leyes de las cuales es mejor no apartarse.
        Pero lo que nos insinúa Schwartsman es que tal estructura discursiva le cabe muy bien a la ciencia, y para esto cita el epistemólogo Paul Feyerabend, un filósofo y errante austriaco, que comenzó como devoto de Popper; pero como como buen hijo, lo renegó y se declaró anarquista, del punto de vista epistemológico. Aquí la palabra «anarquismo» no es tratada como un pormenor pirotécnico, pues para Feyerabend, no existen reglas que caractericen el método científico; ni existen diferencias objetivas entre los entusiastas de la ciencia, la astrología y la danza de la lluvia. El método hipotético deductivo popperiano no explicaría nada más allá de lo que revelaría el Génesis acerca de la creación del mundo. Lo que tenemos son discursos con distintas capacidades de imponerse y, por lo tanto, sería una cuestión de poder; lo que llevaría el temita al ámbito de la política, tal como lo imaginaría Marx. Para Feyerabend, la mejor manera de asegurar el avance de la ciencia es dejar que interactúe libremente con otros discursos, en una lucha libre y campal, y ahí entraríamos en la épica, como disciplina literaria.
        En la relación entre épica y política podemos percibir la articulación entre las nociones de discurso, poder, guerra justa, paz, soberanía, civilización, vida, muerte y, por supuesto, ideología. La forma y estructura de esa relación cabría en la poética, el análisis literario de segundo nivel, algo bien parecido a lo que ocurre cuando abordamos la epistemología, «la ciencia de las ciencias», como me la definió alguna vez mi amigo Julio César Londoño.
        Y esta postura de Feyerabend nos haría repensar sobre lo que es el «estado laico», algo inmune a discursos de cualquier orden y género, inclusive los religiosos y científicos, tal vez los literarios. Obviamente habrían los peligros, si tomáramos como ejemplo lo que ocurrió recientemente en Nueva Zelandia, un país ejemplar en muchos aspectos, en donde la idea de civilización parece estar por encima de aspectos culturales. Sin embargo, una comisión gubernamental propuso que «Matauranga Maori», el conocimiento tradicional maorí, se incluya en el plan de estudios escolar en pie de igualdad con la ciencia «occidental».
        Pero, por lo que nos relatan los chismes, un grupo de académicos de la Universidad de Auckland escribió una carta criticando la idea, en donde los profesores, sin oponerse a la enseñanza de la «matauranga», sostenían que no debería ser como ciencia. La reacción fue fulminante, y los firmantes de la carta fueron llamados racistas y colonialistas, y ahora están sujetos a posibles sanciones ejemplares.
        El problema de la propuesta de Feyerabend está en su dinámica de «lucha» entre discursos, en vez del intercambio colaborativo y respetuoso entre ellos, algo esencial en la laicidad del estado. Este último aspecto sería una vacuna contra los tumores malignos del negacionismo y el oscurantismo, que tanto nos asustan en los días actuales, como el diablo asustaba en la edad media.